Movimiento Global

Movimiento Global

Entre 2001 y 2003, Oriana Eliçabe fue registrando las movilizaciones del llamado Movimiento Antiglobalización, que paradójicamente era un Movimiento Global que se oponía a las leyes del mercado. La autora muestra, desde desntro del movimiento, las manifestaciones, espacios de coordinación y de creación del mismo. Pasando por diferentes ciudades como Génova, Barcelona, New York, Cancún y Bruselas entre otras.


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NADIE SABE DE QUÉ ES CAPAZ UN CUERPO

Texto: Marcelo Expósito

Todo el mundo ha visto, desde hace unos años, en la prensa, en la televisión, en los semanarios ilustrados a todo color, imágenes de grupos de jóvenes ataviados con disfraces coloridos. Jóvenes inocentes, cargados quizá de razones, pero también de quimeras; cuerpos bailongos, simpáticos e inofensivos, brincando frente a la policía como en una gran fiesta, recorriendo el mundo en pos de la próxima cumbre internacional.
Todo el mundo reconoce también al otro abyecto: anónimos enmascarados, vestidos de negro, cuerpos opacos que destruyen y arrasan. Mucha gente ha visto en los reportajes militantes infinidad de imágenes aterradoras sobre la violencia policial ejercida contra los cuerpos rotos y desarticulados de esos jóvenes.
Algunos estamos ya cansados de ver otros documentos bienintencionados donde la gente gesticula y habla en asambleas interminables, donde rostros deformados, retratados en encuadres imposibles, teorizan y postulan programando el enésimo futuro deseable. Ya hemos visto demasiadas de esas imágenes ante cuya visión uno afirma, con perplejidad y algo de desánimo, “yo no he estado ahí, no me reconozco”. Pero ninguna de todas estas imágenes se aproxima a representar de qué es capaz un cuerpo.

Una madrugada, entre sueños, Oriana capturó la imagen del Estadio Carlini (Génova, Italia) durante la manifestación contra la cumbre del G8. La luz del sol se filtra a través de la lona de una gran tienda de campaña para bañar un mar de cuerpos dormidos. Horas más tarde, la potencia latente de esa hermandad de cuerpos en reposo estalla: brazos sosteniendo protecciones que sentencian la liberación de la ciudad, tomada por las fuerzas policiales y militares; cuerpos desdibujados en nubes de gas lacrimógeno que huyen o se aventuran a recoger y devolver los botes; cuerpos blandos, sensuales, hermosos, desafiantes y carnavalescos que bailan al ritmo de una música imparable provocada por las cargas de castigo del grupo antidisturbios.
El movimiento antiglobalización alcanzó en Seattle un momento de eclosión que vislumbra un nuevo ciclo de luchas sociales en todo el planeta. Sus herramientas de trabajo político, sus nuevas gramáticas o sus formas de representación han pulverizado el viejo imaginario de la izquierda. Mientras que algunos desearían volver a ver una unidad mítica, otros muchos trabajan por la proliferación, por un movimiento proteico donde los sujetos políticos sean moldeables, fluidos, contingentes, abiertos, plurales y diversos en un sentido fuerte; contradictorios o irreducibles, incluso.
En Seattle, las fuerzas de control se vieron desbordadas por la multiplicidad y variedad de focos de acción e intervención repartidos por toda la ciudad. En Praga, lo que en principio era una manifestación unitaria masiva acabó ramificándose en tres corrientes de diversos colores (amarillo, azul, rosa) que atendían a las diferentes estrategias de confrontación y desobediencia. Así, en un abrazo antagonista, los tres frentes acabaron rodeando y paralizando el centro de congresos que albergaba el encuentro del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En Génova, la convergencia de una diversidad de individuos, grupos y movimientos en el Estadio Carlini supuso la experiencia constituyente de un sujeto político complejo.
También en Génova los más poderosos de la Tierra financiaron sin pestañear una guerra civil a pequeña escala que ha quedado ya incrustada, como una esquirla, en el imaginario de una generación. La estrategia posterior de terror/tensión/control (registros y escuchas masivas, amenazas en privado, violencia más o menos matizada, control e identificación sistemáticas), a cargo de los Estados, que ha atravesado en el último año las movilizaciones de Bruselas, Barcelona, Zaragoza o Sevilla, se dirige también a nuestros cuerpos: busca inducirnos el miedo crónico a una amenaza constante y a veces imprecisa; pretende hacernos interiorizar la culpa y asumir la semiclandestinidad hasta en las actividades más públicas e inocentes; intenta que el cuerpo se atenace, se inmovilice, se autocontrole. Busca anular nuestra potencia.
El anhelo del actual movimiento de movimientos, en lo que tiene de verdadero, no es conquistar un poder político futuro, sino identificar y dispersar todas las formas de poder aquí y ahora, allá donde se concentren y sea necesario: por supuesto, en una cumbre política, pero también en otros centros de toma de decisiones, inclusive los nuestros; en la vida cotidiana, en tu casa, en tu grupo de afinidad, en tus sentimientos, en tu sexualidad, en tu propio cuerpo. Los nuevos movimientos, cuando son de verdad nuevos, no buscan ocupar el poder sino que tratan de liberar la potencia.
Cuando uno ha estado ahí, cuando uno ha formado parte de las nuevas imágenes, sabe que son insostenibles las viejas representaciones de bloques unitarios en manifestación colectiva más o menos uniforme. Cuando uno ha estado ahí, sabe que el amasijo de sensaciones y sentimientos de gozo, furia, rabia, sensualidad, felicidad, miedo, temor, deseo, solidaridad, apoyo mutuo, esperanza y libertad, es irreducible a imágenes unidimensionales o simplificadoras. Sabe que una reproducción de bandera anarquista clásica, reconvertida a los colores negro y rosa, es un símbolo político sencillo y justo que transmuta lo viejo en nuevo. Sabe que la frivolidad táctica vestida de rosa o plata es mucho más que una frase afortunada o una imagen llamativa, a la hora de descomponer, mediante lo imprevisto, la estrategia de tensión policial durante una confrontación en la calle.
Los nuevos símbolos provocan identificaciones fuertes: todos los movimientos sociales de transformación han construido, a lo largo de la historia, sus propias formas de representación y sus propios procesos de identificación. Es necesario trabajar duro para que las nuevas figuraciones no se vean reducidas a imágenes estridentes, grotescas o simpáticas, ni a meros adornos de la vieja política. La construcción de esas nuevas representaciones e imágenes, y el sostenimiento de su significado político justo, es una parte irrenunciable, hoy más que nunca, de la propia lucha. Se trata, literalmente, de una cuestión de imaginación política.
Las imágenes de cuerpos en acción, cuando son justas, constituyen la expresión de sujetos deseantes; acaso momentánea, puntualmente libres pero que, en su contingencia, representan la expectativa de un presente al que hay que arrancar el máximo tiempo posible de verdad, de libertad y autonomía.
Si las imágenes de Oriana son justas, exactas, es porque muestran que hay brazos que se alzan contra todo futuro programado. Lo son porque mantienen la distancia y el respeto necesario frente al cuerpo de un joven asesinado por la policía (ningún cuerpo masacrado debería ser objeto de recreación visual, aún con las mejores intenciones; ninguna imagen debería abstraer o aislar el cuerpo de un hombre muerto para convertirlo en un símbolo genérico). Son justas porque iluminan aquello que ensombrecen las imágenes espectaculares: la trama en red de sujetos que se constituyen, dispersan y vuelven a moldear. Porque señalan la potencia y no el poder; porque muestran la dispersión y la articulación, porque enfatizan la proliferación y la diversidad frente a la uniformidad.
No hay nada más hermoso que los rostros de la gente en libertad. Retratarlos con exactitud es parte de nuestro trabajo político. Porque aún nos queda mucho por experimentar, y porque nadie sabe todavía, con plenitud, de qué es capaz un cuerpo.

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